Prāṇāyāma no es respiración
Respirar no es lo mismo que prāṇāyāma. Una exploración sobre el aliento, la conciencia y lo que realmente está en juego cuando respiramos.
Roberto De Pedro
4/9/20266 min read


Prāṇāyāma no es respiración
Sobre una confusión contemporánea
Hay algo revelador en el hecho de que hayamos tenido que redescubrir la respiración.
En una época que mide el sueño, cuantifica los pasos y optimiza la atención, también el aire ha sido convertido en técnica. Talleres, protocolos, métodos. Breathwork. El término, en inglés, parece darle un brillo nuevo a algo que siempre estuvo ahí: entrar y salir del mundo; nacer y morir unas veinte mil veces al día.
No hay nada que objetar a ese redescubrimiento. Al contrario. La fisiología empieza a confirmar lo que el cuerpo ya sabía y los yoguis pusieron a prueba, no solo en la práctica, sino también en una comprensión poética y relacional del cosmos.
Patrick McKeown, por ejemplo, insiste en un punto que resulta casi contraintuitivo: no es la cantidad de oxígeno lo que determina la oxigenación real de los tejidos, sino la presencia de dióxido de carbono, que regula su liberación a través del llamado efecto Bohr. Respirar más no implica respirar mejor; de hecho, la hiperventilación crónica reduce la eficiencia del sistema y altera el equilibrio del organismo.
Así, aprender a respirar —más lento, más suave, más nasal— tiene efectos medibles: regula el sistema nervioso, mejora la tolerancia al CO₂, optimiza el rendimiento físico y mental. Los yoguis de la antigüedad se retiraban a espacios de aislamiento para explorar y refinar la experiencia del aliento en su dimensión más sutil y relacional.
Todo esto es cierto. Respirar bien es beneficioso. Sin embargo, hay una distancia infranqueable: cuando todo lo que se nombra como respiración se llama prāṇāyāma, algo se pierde. No es por error técnico, sino por un desplazamiento de sentido.
En los textos clásicos, el prāṇa no es aire. Ni oxígeno. Ni siquiera respiración. Es el aliento vital del que están hechas todas las cosas. “Prāṇa no es lo mismo que respiración; pero es principalmente por medio de esta como se desarrolla la sensibilidad del aliento vital.” La respiración aparece aquí como un umbral. Un acceso. No como el fenómeno en sí.
Hablar de prāṇa implica entrar en otro registro: uno en el que el cuerpo no es únicamente un sistema biológico, sino un campo de fuerzas, de relaciones, de correspondencias.
En las Upaniṣad, el aliento vital no pertenece del todo al individuo. La Chāndogya Upaniṣad afirma: “Este aliento vital […] es lo mismo que el sol”. Y la Praśna Upaniṣad describe una red de equivalencias entre los distintos movimientos del aliento y los elementos del cosmos: el viento, el fuego, el espacio.
Respirar, en este contexto, no es intercambiar gases. Es participar de una continuidad.
Funes lleva esta intuición aún más lejos cuando habla de la respiración como co-respiración.
En el antiguo himno védico de la creación —el Nāsadīya sūkta (Ṛg Veda X.129)— se describe un origen en el que “aquello Uno respiraba sin aire por sí mismo”. Pero esa aparente soledad puede ser engañosa. Como sugiere Ana Laura Funes, una lectura más atenta deja entrever que ese aliento no ocurre en aislamiento, sino en relación con una oscuridad que lo envuelve, casi como una matriz. Respirar no sería, entonces, un acto cerrado, sino ya desde el inicio una forma de relación. No un sujeto separado que respira, sino una respiración que acontece con el mundo.
Esta idea, que atraviesa desde las Upanishads hasta las prácticas contemporáneas, presenta el yoga como un modo de alinear el cuerpo con el cosmos, estableciendo correspondencias entre los elementos —tierra, agua, fuego, aire, espacio— y la experiencia interna. El cuerpo no es una entidad cerrada, sino un nodo dentro de una red más amplia de procesos. Respirar, entonces, es entrar en esa red. Como se afirma en la tradición upaniṣádica, “la realidad fundamental detrás de los múltiples aspectos del universo es también la realidad esencial de la persona”.
Si volvemos ahora al prāṇāyāma, la pregunta cambia. Ya no se trata de “cómo respirar mejor”. Se trata de qué es lo que se está cultivando cuando se respira. Implica regulación y expansión.
En la tradición yóguica, el prāṇa no es homogéneo. Se diferencia en funciones, en direcciones, en cualidades. En otro ejemplo más, la Maitri Upanishad relata nuevamente como en su soledad, el principio Uno primordial, recreándose así mismo creó todo un mundo de criaturas. Las contempló y las vio como piedras, carentes de vida e inteligencia, hirsutas como leños. Entonces entró en ellas para despertarlas. Y, convertido en viento, así lo hizo para insuflarles vida. Pero como un solo aliento era insuficiente, lo dividió en cinco: prāṇa, apāna, samāna, udāna, vyāna. De manera tal que, en cada creación se halla el calor de la vida. Por eso se dice que el fuego universal se halla en el interior del ser humano. Así el Atman, dividido en cinco alientos, habita en la caverna del corazón…
Los cinco vāyus —prāṇa, apāna, samāna, udāna, vyāna— no son simplemente categorías simbólicas, sino descripciones fenomenológicas de cómo la vida se organiza en el cuerpo, mente y emoción:
Prāṇa-vāyu: movimiento de entrada, asociado al pecho, a la inspiración. A la apertura y la recepción. Permitir que la vida entre, ese milagro de la naturaleza que te sostiene. Al mismo tiempo es vulnerabilidad y aceptación: permitirse ser tocado por aquello que llega. Con prāṇa participamos del mundo.
Apāna-vāyu: movimiento descendente, eliminación, enraizamiento. La capacidad de soltar, dejar ir lo que ya no sostiene: tensión, miedo, viejas narrativas. Enraizarse es también confiar en que no todo tiene que ser retenido. La no acumulación.
Samāna-vāyu: digestión, integración, equilibrio. No sólo alimentos, sino de experiencias. Es lo que permite asimilar lo vivido, darle sentido, transformar lo que nos ocurre en comprensión. Es maduración de los procesos.
Udāna-vāyu: ascenso, expresión, lenguaje, dirección hacia lo alto. Es la fuerza que nos permite decir, nombrar, afirmar una verdad recordada. También es impulso: levantarse, orientarse, tomar sentido. Es entusiasmo.
Vyāna-vāyu: expansión, circulación, aquello que conecta todo con todo.
Pero también lo que permite que lo vivido se distribuya en nosotros: que una experiencia no quede aislada, sino que impregne, relacione, unifique.
Aquí la respiración no es un acto aislado, sino un organizador de la experiencia sensible y sutil.
Regular la respiración no es solo modificar el sistema nervioso. Es intervenir en la manera en que la vida se distribuye, se integra y se expresa en el cuerpo. Por eso el prāṇāyāma no puede reducirse a técnica de respiración y mucho menos a esa palabra vacía y maraketiniana: breathwork.
Prāṇāyāma implica atención, una sensibilidad fina al movimiento interno.
Implica intención, una dirección del gesto respiratorio.
Implica, en muchos casos, imaginación o visualización, no como fantasía, sino como forma de percepción ampliada. Una capacidad trascendente y creativa olvidada.
Sin estos elementos, puede haber control respiratorio. Pero difícilmente hay prāṇāyāma.
La confusión contemporánea no es trivial. Podemos hablar de intercambio de gases o, por el contrario, de participación consciente en un proceso continuo creativo y vital.
Al reducir prāṇāyāma como “breathwork”, se produce un desplazamiento: de una práctica inserta en una cosmología, a una técnica funcional dentro de un sistema de optimización.
No es que esto último carezca de valor. Lo tiene, y mucho. Conocer la fisiología de la respiración, su importancia es vital para cualquiera que practique yoga. Pero pertenece a otro horizonte. Uno trabaja sobre la eficiencia del cuerpo. El otro transforma la relación con la experiencia compartida. Uno regula la respiración. El otro cultiva el aliento vital.
Respirar, entonces, puede ser una herramienta.
O puede ser una forma de conocimiento.
Entre una cosa y otra no hay diferencia en el aire,
sino en la conciencia que atraviesa la experiencia.
Hubo un momento en el que dejamos de respirar sin darnos cuenta.
No porque olvidáramos el aire,
sino porque olvidamos lo que significaba.
Vida, energía, alegría compartida.
Este aliento no es sino una respiración que se ha liberado de la muerte.
Ahora, cuando respires, recuerda.
El aire que respiras en este momento
es el aliento del universo,
cada criatura, cada vida sostenida.
Tu aliento exhalado será recibido
en el instante siguiente
por otro ser, por el universo.
No respiras solo, sino en un acto compartido.
Es el mundo respirando a través de ti.


Referencias:
Funes Maderey, Ana Laura. “La cultivación del prāṇa en el sāṃkhya clásico: hacia una filosofía de la respiración compartida.” Revista de Filosofía de la Universidad de Costa Rica, vol. LXI, nº 160, 2022, pp. 173–185.
McKeown, Patrick. The Oxygen Advantage. HarperCollins, 2015.
Maitrī Upaniṣad, II.6, en: Arnau, Juan. Correspondencias ocultas. Atalanta, 2019.
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